De Puebla al poder: así nació el imperio oculto de Carlos Hurtado
El representante y asesor Carlos Hurtado, uno de los personajes más influyentes y polémicos del futbol mexicano durante más de cuatro décadas, falleció a los 70 años.
Durante más de cuarenta años, el futbol mexicano tuvo en Carlos Hurtado a una de sus figuras más enigmáticas, se trató de uno de los mitos más famosos y controvertidos de los mentideros futboleros.
Carlos Martínez Hurtado, como en realidad se llamaba aunque siempre suprimió el apellido paterno, fue promotor, intermediario y un auténtico estratega, un ajedrecista del poder balompédico, cuya influencia trascendió canchas y oficinas: moldeó plantillas, definió fichajes y tejió redes de poder que marcaron el rumbo de clubes, entrenadores, jugadores, directivos y periodistas.
Este lunes falleció durante las primeras horas del día en la capital del país, donde radicaba desde hace poco más de un año y batalló con un enfermedad terminal de la que pocos, o nadie, sabían demasiado. Su presencia siempre fue insondable, y así fue su muerte.
Su base de operaciones estaba en Miami, donde vivió desde finales de los ochenta, merced a una fantástica fortuna que erigió con su imperio de la promotoría.
Su historia no se escribió en estadios ni en conferencias de prensa, sino en restaurantes, despachos y llamadas telefónicas. Allí, en la discreción de su círculo, Hurtado construyó un monopolio de relaciones que le permitió controlar gran parte del mercado de fichajes y ejercer un peso determinante en decisiones que, en teoría, pertenecían a los clubes.
El origen de su influencia
Desde mediados de la década de los setenta, Carlos Hurtado fue ganando terreno en el entonces incipiente mundo de los promotores, cuando el ingeniero Guillermo Álvarez Macías, presidente de la cooperativa Cruz Azul, le confirió la responsabilidad de firmar jugadores en Sudamérica.
Representó a futbolistas, asesoró a directivos y, poco a poco, se convirtió en una figura imprescindible en el balompié. Con el paso de los años, su nombre se volvió habitual en los pasillos del poder futbolístico.
Ya establecido como promotor, comenzó a ganar notoriedad con los equipos poblanos de los ochenta (Puebla y Ángeles), allí cimentó su enorme —y vigente— “establo”, con jugadores, entrenadores, directivos y hasta comentaristas, de todos los colores y calidades.
Fue el primer promotor de los patriarcas de las dos principales escuelas del futbol mexicano (Lapuentismo y Lavolpismo). Ambas corrientes futbolísticas y el peso de Hurtado, se forjaron en Puebla. A Lapuente lo llevó al Cruz Azul y a La Volpe a las Chivas.
La fortaleza de Carlos Hurtado no provenía del discurso público ni de la exposición mediática, sino de su habilidad para construir confianza y dependencia.
Era el hombre al que se llamaba antes de anunciar un fichaje, al que se consultaba para proponer un técnico, para destrabar conflictos entre jugadores y directivos o incluso para hacer cambios al medio tiempo, como públicamente lo llegó a reconocer el “Chelís”, José Luis Sánchez Solá. Hurtado conocía los intríngulis del negocio como ninguno.
El hombre detrás de los banquillos
Más de un entrenador en México reconoció, a puerta cerrada o gritándolo a los cuatro vientos, que su carrera dependió del beneplácito de Hurtado. Las historias sobre su poder corrían entre vestidores: técnicos que ascendían o caían tras perder su apoyo, jugadores que eran transferidos sin entender del todo por qué, y directivos que encontraban en él, tanto un aliado como un condicionante.
Ese poder silencioso lo convirtió en un personaje tan temido como necesario. En un futbol donde los promotores ganaban terreno y la regulación era escasa, Hurtado representó el modelo más acabado del intermediario total: el que podía negociar contratos, definir alineaciones y moldear mercados.
Entre la admiración y el recelo
Su influencia provocó admiración en quienes reconocían su talento para entender el negocio, pero también resentimiento entre quienes lo acusaban de manipular el sistema. Se le atribuían decisiones que trascendían su rol formal, y muchos lo señalaban como responsable de frenar carreras o de inclinar la balanza en los fichajes.
Su figura se convirtió en leyenda urbana dentro del futbol mexicano: el hombre que nunca daba entrevistas y del cual sólo existe una fotografía, pero cuyo nombre aparecía en cada operación importante.
Hurtado sobrevivió a cambios de dirigencias, crisis institucionales y nuevas generaciones de representantes, legando a su hijo (Amaury Martínez) su red de influencia y negocios.
El final de una era
La muerte de Carlos Hurtado cierra un ciclo que definió buena parte del futbol nacional moderno. Con él desaparece una generación de promotores que operaban sin certificados, pero con enorme capacidad de influencia; se va la parte más turbia del futbol romántico que precedió a los políglotas y tecnócratas “agentes FIFA” de la actualidad.
Carlos Hurtado fue, para bien o para mal, el espejo del sistema que ayudó a construir.
Con la muerte de Hurtado se va un capítulo entero del futbol mexicano, uno que se escribió entre sombras y contratos.