Barristas del Club Puebla mantienen fidelidad pese a crisis
Mientras el Club Puebla atraviesa uno de sus peores momentos en su historia, la barra sostiene el orgullo camotero desde las tribunas. Entre prejuicios, divisiones y desinterés institucional, los aficionados organizados intentan mantener viva la identidad poblana.
El Club Puebla puede haber perdido puntos, pero no todos han perdido la fe.
En un estadio que se vacía jornada tras jornada y una directiva que parece olvidar el peso de su propia historia, la barra camotera resiste: canta, acompaña y reconstruye desde abajo lo que arriba se desmorona.
Esa voz colectiva, tantas veces juzgada y tan poco escuchada, fue la que sonó en los micrófonos de “Desde La GRADA”, donde dos de sus integrantes —Charles Burton y Javier López— hablaron sin filtros sobre el sentido de pertenencia, la convivencia en el estadio y los prejuicios que enfrentan quienes, a pesar de todo, siguen alentando.
“El jugador es humano, se entiende que también tiene vida, nosotros como aficionados tratamos de no meternos en eso. Las vidas personales y lo que haga el jugador a mí no me interesa”, dijo Burton, dejando claro que su compromiso está en la cancha, no en las polémicas.
El barrista reconoció que la organización interna ha cambiado con el tiempo: ahora, cada grupo tiene un espacio asignado dentro del estadio, una estructura que busca mantener el orden pero que también, según él, ha afectado la conexión entre afición y equipo.
“Actualmente la directiva nos asignó una zona, que es en donde estamos todos los grupos de animación. Cada grupo de animación, se divide en sectores o ‘barrios’ como le decimos nosotros, desafortunadamente hoy en día la barra ya no es muy atractiva por todo lo que circula en redes sociales”, explicó.
Donde aún se canta
En tiempos donde el futbol se mide en métricas y likes, el aficionado de tribuna carga con un estigma.
Durante la transmisión, un radioescucha lanzó un juicio común: “las barras están llenas de drogadictos y maleantes”.
La respuesta fue inmediata.
“En la sociedad hay de todo, pero lo invitamos a que se dé una vuelta y pueda vivirlo. Porque no es lo mismo desde adentro que afuera. Hay familias, gente con título”, respondió Burton.
El integrante de la barra habló de la diversidad que existe dentro de los grupos de animación: padres de familia, profesionistas, jóvenes que crecen bajo la misma bandera blanquiazul.
“Entre nosotros mismos nos ponemos el pie, criticamos y veo muchos mensajes de la gente diciendo que no van al estadio porque quieren dejar de enriquecer al dueño, pero yo no he visto ningún movimiento social que pueda tener impacto en alguien no estando”, afirmó, con una sinceridad que desarma.
Su discurso no es de defensa, sino de reconstrucción:
“El movimiento que ahorita tratamos de hacer es darle sentido de pertenencia a la afición: yo soy de Puebla, defiendo, aliento y sigo al equipo de mi ciudad, es un todo. Si entre la afición estamos partidos, ¿cómo podemos exigirle al directivo?”.
En un año donde la distancia entre la directiva y la gente es abismal, con una crisis deportiva inédita y una gestión institucional bajo cuestionamientos, la voz del aficionado se vuelve un acto de resistencia.
Allí donde el club no conecta, la barra lo intenta con cánticos, con banderas, con presencia.
Sangre nueva, misma pasión
El relevo generacional ya está en marcha. Javier López, otro de los invitados, encarna esa mezcla de tradición y juventud que mantiene vivo al Puebla desde la grada.
“Llevo aproximadamente tres años en la barra tocando con la orquesta, tocando los tambores. Desde chiquito me llevaba mi papá al estadio”, contó.
Para él, estar en la barra no es un acto de rebeldía, sino de continuidad.
Una forma de honrar la herencia familiar, de mantener viva la pasión cuando el equipo no da motivos.
La última resistencia
En el fondo, lo que se escucha entre cada frase es una idea más grande: que el Club Puebla no solo pertenece a una directiva o a un estadio, sino a una ciudad.
Y que esa ciudad, con su historia, su identidad y sus derrotas, todavía tiene quien la cante.
Desde el rincón asignado en el Cuauhtémoc, los barristas siguen ahí. Sin reflectores, sin crédito, sin promesas.
El actual estado del la Franja hace que el futbol no sea negocio ni espectáculo. Es pertenencia.
Y en una institución cada vez más lejana a su gente, esa pertenencia se ha convertido en el último bastión de orgullo.