GRADA Opinión

Más allá de la cancha

El fenómeno pambolero dentro del país es tan poderoso que tiene el don de traspasar cualquier barrera social o política. Sedante de muchos de los problemas cotidianos, su poder es tan encantadoramente caprichoso como el juego mismo.

Kesniel
Kesniel Porras

Actualizado: 23 JUN 2026 - 8:40

Más allá de la cancha
Arte: GRADA

Después de cuatro décadas, México volvió a recibir la máxima fiesta del fútbol. Esa fiesta que cimbra todos los corazones; música para el cuerpo y danza para el alma. Pero es una fiesta peculiar. El anfitrión no está invitado. La pelota ha sido desterrada de esa belleza y alegría que solo el mexicano le puede dar.

El fútbol, deporte creado por y para el pueblo, ha sido despojado del mismo. 

El verdadero aficionado, ese que se alimenta del fútbol; el que hace de cualquier terreno la cancha perfecta para disfrutar del deporte más hermoso del mundo, no está en las gradas del estadio con un boleto que equivale a un año -como mínimo- de su vida. Está en las calles, en las verbenas, festejando con propios y extraños; con paisanos y extranjeros, dejando perplejos a los más letrados mediadores internacionales.

Benditos aquellos que convierten cualquier objeto en un balón; malditos aquellos que se apropian de lo que nos pertenece. Benditos los amateurs que mantienen viva la esencia del fútbol; malditos aquellos que buscan quitarle la magia al juego. Benditos aquellos que cantan el gol desde los espacios populares; malditos aquellos que privatizan el juego de la gente.

Recordemos que no hay nada más vacío que un estadio vacío. No hay nada más mudo que las gradas sin nadie. 

Disonancia

Un estudio del Instituto de Estudios Políticos de Madrid dice que se ha comprobado a menudo, y a veces se ha señalado, que el individuo procura lograr la consistencia dentro de sí mismo. Una persona puede pensar que los niños deben estar callados y sin molestar, pero al mismo tiempo estar muy or­gullosa de que sus hijos se porten de manera agresiva y que capten así la atención de sus huéspedes. Que se den tales incoherencias puede parecernos hasta algo teatral. En primer lugar, porque atraen nuestro interés y, en segundo lugar, porque se alzan en agudo contraste contra el telón de fondo de la consistencia.

Si tú verás el partido sin olvidar a los miles de desaparecidos; si tú festejaras sin omitir las cientos de luchas que rodean al Mundial; si tú te pondrás la camiseta sin dejar de hacer preguntas incómodas. Felicidades, estás experimentando disonancia cognitiva, y es, quizás, el lugar más honesto desde el cual podemos vivir la Copa: habitando nuestra propia incongruencia y sintiendo la incomodidad intrínseca de nosotros mismos.

Es algo natural del juego. Como aficionados también la vivimos, porque en la vida -al igual que en el arte y en el fútbol-, no todo es blanco y negro; los matices son aquellos que dan el verdadero color.

La fiesta

A pesar de todo. A pesar de esa brecha donde conviven muchos Méxicos al mismo tiempo, caminamos entre ambos mundos; el de un grupo extranjero apropiándose de un juego que también es pasión grupal, sueños personales y memoria colectiva.

En México, el fútbol es un idioma capaz de unir corazones y hacerlos latir al mismo ritmo, sin distinción de raza, estatus ni edad.

El fenómeno pambolero dentro del país es tan poderoso que tiene el don de traspasar cualquier barrera social o política. Sedante de muchos de los problemas cotidianos, su poder es tan encantadoramente caprichoso como el juego mismo. 

La pelota siempre tendrá la última palabra, navegando por los vientos, moviendo el universo a su antojo y voluntad con esa -casi siempre- blanca piel inmaculada entregada sin pudor a las suelas de sus amores y a los ojos del planeta entero que, por un momento, cree que la tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón rodando.

Mascota

A todo esto surge una duda. Una, tal vez, intrascendente entre el montón de ideas que se han plantado: si el fútbol tuviese una mascota, ¿cuál sería? Algunos me dirán un animal históricamente asociado con el poderío físico; quizá el león, por su fiereza, salvajez y alma indomable. Pero no… yo les planteo otra opción… ¿Les parece el elefante?. 

“¿Qué demonios tiene que ver un elefante con el fútbol?”, podrá pensar de forma -superficialmente- válida un gran sector. 

Sí, el elefante, porque el paquidermo, a pesar de lento y pesado, presume la mejor memoria del reino animal.

Y es que detenganse a pensar por unos segundos y caerán con que el fútbol no solo es la opulencia de los pies. El fútbol es memoria. El fútbol es descansar cuerpo y alma, aunque sea por un rato, de las durezas e injusticias de la vida. El fútbol somos nosotros de niños viendo un partido con nuestros padres, aunque el fútbol posiblemente era el pretexto perfecto para pasar tiempo con nuestros héroes. El fútbol es el sueño que tuvimos de meter ese gol del campeonato al 90’. El fútbol es recordar con cariño a los que ya no están cada que nos sentamos frente al televisor por más de hora y media. El fútbol es converger entre lo terrenal y lo espiritual cada que llega la fiesta más grande, porque el mundial no solo es de los vivos; el mundial es esa celebración a la cual los muertos tienen prohibido faltar. 

Porque el fútbol es el escenario donde los segregados; los rechazados; los invisibles pueden hacerse aún visibles.

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