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América masacró a un remedo de Puebla

El América goleó 4-0 al Puebla en el Cuauhtémoc y exhibe las carencias deportivas y anímicas de una Franja que perdió el control en la segunda mitad.

David
David Badillo

Actualizado: 21 FEB 2026 - 1:06

América masacró a un remedo de Puebla

El América impone sus colores en Puebla con una facilidad inaudita y oprobiosa para la historia del equipo de la Franja. En la cancha y en la tribuna, el equipo capitalino no encuentra ninguna resistencia de un rival otrora acérrimo.

A falta de un equipo digno en la plaza, la afición se ha entregado a colores ajenos a los del Puebla. Azulcrema y rojiblanco se tiñó la ciudad en un fin de semana de fiesta futbolera de otros.

El Cuauhtémoc no pesa ni intimida, no representa un obstáculo real para los visitantes de jerarquía. El 0-4 no fue accidente ni exageración; fue consecuencia de un equipo poblano que compitió a medias durante un lapso y después se diluyó sin remedio frente a la contundencia y profundidad del rival.

Durante la primera mitad, el Puebla intentó sostener el orden. Hubo momentos de presión media, intentos por ensuciar la salida y una disposición que, al menos en intención, evitó el vendaval temprano. Pero la resistencia fue frágil, como un castillo de naipes que aguardaba el primer soplido serio.

Ese soplido llegó al 43’. Cuando el partido parecía encaminarse al descanso con empate, apareció Raphael Veiga para romper líneas, entrar al área y definir de cabeza. El gol no sólo abrió el marcador; desnudó la diferencia de talento y determinación. El Puebla había logrado sobrevivir, pero no competir en igualdad.

El segundo tiempo fue otra historia. O mejor dicho, fue la confirmación de la historia reciente entre ambos clubes. El América adelantó metros, aceleró por bandas y encontró espacios con una facilidad preocupante.

Al 61’, otro que estaba en deuda para el americanismo, Isaías Violante, amplió la ventaja tras una jugada que retrató la endeble marca poblana: pasividad en el retroceso, distancias largas entre líneas y una defensa que reaccionó tarde.

A partir de ahí, el partido se convirtió en un monólogo azulcrema. El Puebla ya no ajustó, no corrigió, no incomodó. Fue un equipo largo, partido, sin capacidad de respuesta anímica.

Víctor Dávila, al 78’, firmó el tercero con un remate que encontró una zaga desorganizada. Y al 87’, José Raúl Zúñiga cerró la cuenta ante una tribuna que, en su mayoría, celebraba para ignominia total de la mancillada parcialidad poblana.

Porque esa es otra arista imposible de ignorar. El Cuauhtémoc lució teñido de amarillo. El ambiente fue festivo, sí, pero para el visitante. En las gradas se escuchó más fuerte el grito americanista que cualquier intento de respaldo local. 

No es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más pronunciado. Cuando el equipo no ofrece identidad ni resultados, el arraigo se erosiona.

Y los números son lapidarios. Una victoria en siete partidos, cuatro derrotas y dos empates. Apenas un triunfo en lo que va del torneo. Las sensaciones iniciales de competitividad se evaporan con rapidez.

El proyecto, que prometía orden y solidez, hoy exhibe grietas profundas: fragilidad defensiva, poca generación ofensiva y una preocupante falta de carácter cuando el partido se complica.

Lo más alarmante no fue la derrota, sino la forma. El América no necesitó forzar la máquina. Administró, golpeó en momentos clave y sentenció con autoridad. El Puebla, en cambio, fue perdiendo intensidad hasta quedar reducido a un espectador más dentro de su propia casa.

El problema trasciende un marcador abultado. Tiene que ver con la sensación de inevitabilidad que rodeó el encuentro desde el arranque del complemento. 

Cuando cayó el segundo tanto, el lenguaje corporal de los futbolistas poblanos habló por sí solo: cabezas abajo, reclamos entre compañeros, falta de liderazgo visible dentro del campo.

También hubo decisiones tácticas que no surtieron efecto. Los cambios no modificaron el ritmo ni alteraron la dinámica. El América siguió encontrando autopistas por los costados y espacios entre líneas. El Puebla corrió detrás del balón sin alcanzarlo y, cuando lo tuvo, careció de claridad para hilvanar tres pases consecutivos con intención ofensiva.

En ataque, la Franja volvió a exhibir una preocupante falta de peso específico. No hubo un referente que incomodara a la zaga visitante, ni un mediocampo capaz de conectar con profundidad.

Los intentos terminaron siendo diluidos en centros sin destinatario o disparos lejanos sin dirección. Así es imposible competir ante un plantel que no perdona concesiones.

La goleada deja secuelas más allá de la tabla. Golpea la confianza de un grupo que ya venía cuestionado y profundiza la distancia con una afición que manifiesta su desencanto con indiferencia. La peor señal para cualquier club no es el abucheo, sino el silencio resignado.

Identidad en riesgo

El fondo del asunto apunta a la identidad. El Puebla parece un equipo en transición permanente, sin una columna vertebral reconocible ni un estilo que lo distinga.

Frente al América quedó claro que, cuando el plan inicial se rompe, no existe un plan alternativo que sostenga al grupo.

La directiva y el cuerpo técnico están obligados a una revisión profunda. El torneo avanza y la zona baja de la tabla no espera. Cada jornada sin reacción agrava la presión y reduce el margen de maniobra. El viernes fue una postal incómoda para la historia del club: estadio invadido por colores ajenos, marcador contundente y un rival celebrando sin oposición real. 

Si la Franja no recupera pronto su carácter competitivo, el riesgo no será únicamente perder partidos, sino diluir definitivamente el sentido de pertenencia en su propia casa y morir.

Sobre el autor

David Badillo
David Badillo

David Alberto Badillo es un periodista poblano con más de 15 años de experiencia. Conductor de deportes en Puebla TV de 2011 a 2020, narrador de Pericos de Puebla en 2015 y 2016. Fue Director de Comunicación de Borregos Puebla de 2019 a 2023. Actualmente es comentarista en Multimedios Canal 6, columnista en Milenio y reportero en GRADA.