Ochoa: ¿tiempo de decir adiós?
Pese a sus detractores en medios de comunicación y redes sociales, Guillermo Ochoa no merece un final oscuro ni gris.
Supongo que jugadores de la talla de Guillermo Ochoa no dedican mucho tiempo a navegar en las aguas tóxicas de las redes sociales, aquellas que tienen corrientes donde fluyen comentarios, mayoritariamente, agresivos.
Supongo, también, que pese a tener al alcance de su mano un dispositivo para, por curiosidad, ver lo que es tendencia, el arquero, que en otros tiempos fue figura en selección y América, prefiere usar su tiempo para atender a su familia y, quizá, como un pasatiempo, para dedicar minutos a un buen libro, a aprender un idioma y, por supuesto, a planear su futuro una vez que el balón deje de rodar en el césped, aquel en el que tantas veces se lanzó.
¡Qué bueno que Ochoa no atiende sus redes sociales!
De hacerlo, el portero, de talento, capacidades y currículum plagado de tardes brillantes, notaría que, contrario a lo que él quiere —conseguir equipo para pelear por un lugar rumbo a la Copa del Mundo de 2026—, la gente que seguramente tanto lo vitoreó en mundiales, hoy desea verlo derrotado, en retiro, adolorido por no poder alargar su carrera un año más.
Ochoa, con 39 años, parece obsesionado con extender su carrera hasta el próximo verano, cuando se dispute por tercera ocasión una justa mundialista en nuestro país.
Lo de Ochoa no me parece un capricho mayor ni menor; lo que distingo es la mentalidad de un ganador, uno que, pese a la adversidad, hace cuanto puede para lograr, sin que le interese lo que piensen los demás, un objetivo que, al pasar de los días, ante la ausencia de un contrato que lo ligue con un club, parece que está por venirse abajo. Guillermo Ochoa sigue entrenando; él continúa buscando club, aunque esas puertas, cada vez más cerradas que abiertas, no estén a la altura de lo que fue su trayectoria.
¿Por qué lo hace?
La respuesta tiene varias aristas. Lo de Ochoa representa esa resistencia natural de los porteros al retiro. Mientras los delanteros aceptan pronto la erosión de la velocidad, el arquero se convence de que la experiencia puede más que los reflejos que, inevitablemente, se apagan.
Y en su caso, las atajadas ante Brasil en 2014 o los destellos en Rusia 2018 alimentan la creencia de que todavía puede ser decisivo. La portería, piensa, aún le pertenece.
Pero prolongar ese sueño tiene un precio: aceptar ofertas que más parecen estaciones de paso que proyectos competitivos. Tras su salida del Salernitana, su nombre ha sido vinculado a clubes de ligas de escaso lustre, de poco renombre, escenarios que poco corresponden a quien tanto brilló con México.
Aquí surge, así lo veo, una disyuntiva con tintes filosóficos: ¿vale la pena hipotecar el ocaso de su carrera en nombre de un récord personal?
Tal vez Ochoa no soporta la idea de irse sin estirar un capítulo más, sin intentar lo que ningún portero mexicano ha logrado. Esa insistencia es comprensible, pero también peligrosa: la última imagen puede dejar de ser la del héroe ante Neymar para convertirse en la del veterano que deambula sin equipo y sin gloria.
Pese a sus detractores en medios de comunicación y redes sociales, Guillermo Ochoa no merece un final oscuro ni gris.
Pero parece dispuesto a arriesgarlo todo con tal de escribir, aunque sea desde un banquillo lejano, el último renglón de una carrera que, al menos en México, ya es de referencia, como lo fue la de Pablo Larios o la de Jorge Campos.