El fin del estadio Zaragoza: un contraste entre la nostalgia y los hechos
En este espacio semanal, me permito hacer un análisis entre las opiniones contrastantes que, en gran medida expuestas en redes sociales, debaten la presencia de maquinaría en lo que alguna vez fue una cancha y la demolición de un sector de la tribuna de este inmueble ubicado en la zona de Los Fuertes.
Esta semana inició la demolición de una parte del estadio Olímpico Ignacio Zaragoza, sede que, en distintas épocas y categorías, albergó a los equipos profesionales con más tradición en el estado: los Pericos y la Franja. En este lugar, a partir de estos días, inició la construcción de un gran proyecto: la Universidad del Deporte.
Por tal motivo, en este espacio semanal, me permito hacer un análisis entre las opiniones contrastantes que, en gran medida expuestas en redes sociales, debaten la presencia de maquinaría en lo que alguna vez fue una cancha y la demolición de un sector de la tribuna de este inmueble ubicado en la zona de Los Fuertes.
A pesar de no tener una métrica exacta, observé en los últimos días numerosos comentarios que, algunos subidos de tono y otros no tanto, hacían mención al “error” que se cometía al derruir un estadio con mucha historia, principalmente deportiva y con uno o dos episodios del rubro musical.
No puedo negar que al leer dichos comentarios, algunos recuerdos se hicieron presentes. Lo primero que pensé fue en la imagen que más me gusta del estadio: la fachada, con el asta y los aros olímpicos bordeándola.
Poco a poco empecé a rememorar algunos sucesos: en mi niñez —quizá con ocho o nueve años— acudí a este coloso de concreto para participar en un curso de verano de una escuela o filial del Puebla; me recordé con los que posiblemente fueron mis primeros zapatos para jugar futbol, un balón del número cuatro, un short azul y una playera blanquiazul de algodón, una que, si no me falla la nitidez de mis ideas, todavía puso ser de la marca Pony.
También medité que, en la tribuna que está sobre el acceso principal, fui testigo presencial de dos partidos que quién sabe si fueron buenos o no, pero que, de manera indiscutible, marcaron mis primeros años como aficionado al futbol: una final del torneo de los Barrios ganada por un equipo con el que mi papá poseía cierto vínculo y un juego de la Tercera División en que las Águilas UPAEP tenían que ganar por siete u ocho goles para avanzar —cuota que a final de cuentas lograron— son tesoros memoriales de mi relación con ese estadio flanqueado por árboles, algunos, incluso, tan vetustos como él.
Mucho tiempo después, en ese mismo espacio, acudí con amigos para ser testigo del sorteo del servicio militar, el cual, por cierto, no llevé a cabo.
Una vez que terminó mi nostalgia por esos momentos que fueron y que ya no son, contrasté las opiniones en contra con las que, también en redes sociales, noté que estaban a favor.
En ese momento pensé que, incluso desde mi niñez, por los ochenta, el estadio ya estaba en mal estado; rememoré que manojos de hierba salían de los asientos de cemento y que realmente jamás vi lleno ese inmueble, ni en partidos, ni en conciertos. Reflexioné también que el estadio tenía ya mucho tiempo de ser un paquidermo blanco: algunos años fue sede de escuelas privadas de futbol y también el lugar donde los fines de semana se disputaban juegos de ligas amateur, una de ellas, creo recordar, era la Liga Golden.
Ya muy lejos de la nostalgia, medité que el estadio, desde que lo conozco, no era muy funcional.
Quizá lo mejor sea mantener intacta su historia, pero solamente eso.
Probablemente fue un acierto darle vida a ese espacio con la construcción de una institución que bien podría impactar de mayor y mejor forma a la población de la capital del estado.