“La Ranchero” Aguilar vibró con dos noches de tributo
El Cartel Rosa iluminó el viernes con todo el pundonor y entrega femenina; el sábado, el homenaje a Marino Ortega reunió a matadores, gestos románticos y una ovación final inolvidable. Dos festejos distintos que confirmaron la identidad taurina de Tlaxcala.
Hubo frío, hubo nostalgia, hubo gestos de torería auténtica y, sobre todo, hubo un hilo conductor que enlazó las dos jornadas: el homenaje. El viernes, a la mujer taurina; el sábado, al maestro Marino Ortega “El Tlaxcala”.
Así se vivieron los dos festejos que dieron vida a la Plaza Jorge “El Ranchero” Aguilar, donde Tlaxcala volvió a demostrar que su afición conoce, exige y aplaude cuando encuentra motivos para hacerlo.
Dos noches distintas: una femenina, luminosa y de intención reivindicadora; otra masculina, plena de camaradería y romanticismo veterano. Ambas, sin embargo, hermanadas por el mismo espíritu tlaxcalteca de celebrar la tauromaquia como una tradición viva.
El pundonor rosa
Tres cuartos de entrada en la fría noche de Tlaxcala. El llamado “Cartel Rosa”, organizado por Ángeles Taurinos, volvió a instalarse como una cita singular en el calendario. La corrida de la prensa, transformada en homenaje a la mujer, reunió ingredientes variados: una rejoneadora entregada, dos novilleras con ambición y un encierro disparejo que sólo terminó rompiendo en los últimos compases de la función.
La velada inició con la rejoneadora Jimena Ayala, quien lidió primero un ejemplar de José María González que nunca terminó de entregarse. Jimena quiso, buscó, atacó al pitón contrario y trató de calentar al público, pero la faena quedó en ovación tras aviso.
En su segundo, un novillo de Coyotepec que le ofreció mejores opciones, volvió a mostrar actitud y estructura, pero el tiempo jugó en su contra y sonó el tercer aviso.
La noche tomó un giro singular con el tercero, de Coyotepec, que saltó a la arena con el pitón roto. El juez ordenó su devolución y apareció un bis de Tepetzala, que cumplió con dignidad aunque sin romper. Esa irregularidad marcaría de algún modo la primera mitad del festejo, que parecía avanzar a tropiezos.
Hasta que salió Luz Elena Martínez, quien encontró en su segundo—ese quinto de Coyotepec, uno de los mejores del encierro—una embestida franca y templada que aprovechó con naturalidad.
La novillera ligó muletazos con reposo, conectó con el tendido y rubricó con estocada suficiente para cortar una oreja que le abrió la puerta grande del ánimo local. Su gesto de invitar a la ganadera Liliana López Zamora a compartir la vuelta al ruedo añadió un toque emotivo y significativo a la noche.
La tercera en discordia fue Miriam Cabas, la española que vino a Tlaxcala a dejar claro que su tauromaquia tiene ritmo y verticalidad. Su primer faena fue ovacionada, pero en el segundo, con uno de los novillos que mejor se movió, logró ligazón, asentó planta y consiguió otra oreja para cerrar su participación con fuerza.
Al final del festejo, tanto Luz Elena como Miriam salieron ovacionadas por la afición, que reconoció su entrega pese a los altibajos.
Los mejores momentos llegaron en los últimos tercios de lidia: el quinto y el sexto, ambos de Coyotepec, fueron aplaudidos en el arrastre y salvaron la nota artística de una noche que había comenzado cuesta arriba.
El romanticismo del toreo
Si el viernes fue una noche femenina y reivindicadora, el sábado fue una tarde íntima y ceremonial. Un tercio de entrada acompañó el Festival Homenaje y Beneficio a Marino Ortega “El Tlaxcala”, donde el toreo volvió a su dimensión más humana: la de los vínculos, los maestros, las trayectorias y las amistades que se reconfirman en el ruedo.
El encierro, compuesto por ocho ejemplares de distintas ganaderías, dio para todo: clase, bravura, complicaciones y nobleza dispersa. El de La Soledad, que abrió plaza, mostró temple y calidad, suficiente para que el becerrista Rafael Montoya “Malino” dejara detalles frescos y una actuación solvente que conectó con el público. Su novillo fue premiado con palmas en el arrastre.
Después vino el tramo novilleril con Luz Elena Martínez, quien lidió un exigente ejemplar de Jorge de Haro. La joven batalló con las complicaciones, intentó sujetar la embestida áspera y terminó saludando palmas tras aviso, reafirmando su valor en diferentes terrenos en apenas 24 horas.
Y entonces llegó el turno de los matadores, quienes, más allá del resultado artístico, regalaron al público un cúmulo de postales románticas: banderillas compartidas, invitaciones personales, guiños de camaradería y homenajes velados que recordaron la vieja tauromaquia de faenas de amistad y de respeto entre alternantes.
Angelino de Arriaga y Marino Ortega picaron sus propios toros, detalle poco común que despertó ovaciones.
José Luis Angelino formó un tercio de banderillas con sus hermanos Gerardo y Joaquín, y terminó por firmar una actuación poderosa que le valió dos orejas y palmas al toro en el arrastre.
Leopoldo Casasola obtuvo una oreja en una actuación de madurez, con un toro de Zacatepec aplaudido tanto de salida como al arrastre.
Manolo Juárez “El Poeta” cortó una oreja con su sello clásico, mientras que Alejandro Lima “El Mojito” invitó a banderillar a Rogelio Sánchez y Azaél Piedras, sin lograr premio pero sí conexión con el tendido.
El maestro Marino Ortega, homenajeado de la tarde, rubricó el festival con dos orejas simbólicas y una faena de sabor antiguo, plena de colocación, oficio y torería añeja que emocionó a los presentes. Su invitación a los matadores Leonardo Benítez y Alfredo Gutiérrez para compartir el segundo tercio resultó una de las estampas más sentidas del festival.
El final no pudo ser más significativo: Marino Ortega salió a hombros de sus alternantes, envuelto en una ovación cálida, sincera, de aquellas que no necesitan premios oficiales para tener peso emocional. La afición tlaxcalteca celebró la vida, el oficio y la trayectoria de uno de sus toreros más queridos.
Tlaxcala vivió dos festejos distintos, complementarios, atravesados por emociones que no siempre caben en los registros estadísticos. El viernes dejó la estampa de la mujer torera abriéndose paso bajo el frío; el sábado, la de un maestro celebrado por quienes crecieron a su sombra.
En ambos casos, “La Ranchero” fue testigo de esa continuidad generacional que hace del toreo una tradición que no se quiebra, que se transmite, que se recuerda. Tlaxcala reafirmó su esencia taurina. Una vez más.