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La portería no admite lágrimas

Uno no puede llegar a ser un buen portero cuando no se acepta que, de momento, se es un mal portero. Calificar con una palabra dura alguna realidad, no es algo que se deba maquillar. 

Omar
Omar Rodríguez

Actualizado: 1 AGO 2025 - 21:16

La portería no admite lágrimas
Arte: GRADA

En la actualidad —como un vicio que pocos atienden y muchos comparten— es frecuente que lo agreste se suavice, que lo amargo se dulcifique y que la dureza de un comentario se diluya entre eufemismos que alteran el significado de una acción.

Una palabra vale en cuanto significa lo convenido para significar; de lo contrario, si una palabra se sustituye por otra, aquello que describe la segunda no necesariamente hará alusión a lo descrito por la primera.

Vivimos un presente donde algunas realidades—crudas, incómodas, pestilentes— no son tomadas en cuenta. Es como si, de manera velada, cotidianamente se hiciera un intento por ocultar todo aquello que no es fácil de digerir, cómodo y agradable al olfato. Por el momento, pareciera que no hay espacio ni lugar para lo negativo, como si esto ya estuviera exento de una vida que, por supuesto, no es perfecta ni sencilla.

En el futbol, se sabe bien, la posición de portero es injusta —aunque bien debería preguntarse: ¿dónde no hay injusticia?—. 

Esta posición, asignada al primer o último jugador en el campo, según sea la perspectiva, tiende a generar héroes o villanos; unos, como Guillermo Ochoa ante Brasil en la Copa del Mundo de 2014, paran todo y por ello acaparan los aplausos que bien podrían ser repartidos entre los diez compañeros de equipo; otros, como el mismo Guillermo Ochoa, pero en pleno 2025 jugando en Portugal, absorben abucheos por errores que van directo al marcador y que, por cierto, también podrían repartirse entre los otros diez coequiperos. 

Hace pocas semanas, Rodrigo Parra, el portero de Pumas, lloró tras cometer errores graves en sus primeros dos partidos en la Liga MX. Los yerros fueron tan grandes que, si se califican como mayúsculos, ya se les estaría suavizando porque en realidad fueron superlativos. 

El llanto es cosa propia. Puede gustar o no la reacción de un portero profesional, pero es una reacción tan personal que, así lo considero, poco aporta opinar sobre ello. Aquí, me parece, lo debatible y valioso  es la confrontación de opiniones que externaron bandos contrarios de comunicadores en medios de alcance nacional. 

Unos, principalmente ex jugadores, fueron condescendientes al calificar lo hecho por Rodrigo Parra. 

La juventud o la inexperiencia, según ellos, son factores por los que se entiende una cadena de errores en un portero que quién sabe si volverá a tener una oportunidad en la Primera División. Algunos periodistas deportivos activaron el chip de la sensibilidad extrema. Arroparon al jugador de Pumas con discursos de empatía, le ofrecieron consuelo mediático y, lo escribo con firmeza, no me parece que sea lo correcto.

 Otros, la minoría, aunque también se cuentan casos de ex futbolistas, se negaron a ser políticamente correctos y, con calificativos duros, pero ciertamente más precisos, describieron la mala calidad del guardameta Parra.

El riesgo de suavizar el análisis debido a la edad y a la sensibilidad que ésta puede generar es que se termine diluyendo el comentario duro y negativo, el cual es indispensable para mejorar.  

Uno no puede llegar a ser un buen portero cuando no se acepta que, de momento, se es un mal portero. Calificar con una palabra dura alguna realidad, no es algo que se deba maquillar. 

En el futbol profesional no hay tiempo para autocompasión. 

 Y, que quede claro: la portería no admite lágrimas.

 

Sobre el autor

Omar Rodríguez
Omar Rodríguez

Periodista poblano, escritor, conductor de radio y televisión. Ha realizado coberturas de 30 torneos de Liga MX y coberturas internacionales, entre ellas Copa del Mundo FIFA y Copa Confederaciones.