¿Qué sigue para Javier Hernández?
A Javier no lo hunde un penal; lo hunde la expectativa desbordada, aquella que vaticinó un regreso triunfal y que no contempló la posibilidad de que el retorno fuera un capítulo final.
No considero prudente calificar a una persona o su actuar por una situación en particular; creo que un éxito no hace exitosa a una persona y que un error, por grande que éste sea, no convierte en fracasado a quien yerra.
La vida es de facetas, de aristas y de matices; cada uno con su peso, con su valor, a veces incalculable.
Expuesto esto, debo admitir que, durante mucho tiempo —desde su última temporada en Estados Unidos y su primer año de regreso en México—, llegué a la conclusión de que Javier Hernández, por su trayectoria, por lo hecho en Selección Mexicana y en Europa, podía alargar su carrera tanto como quisiera; credenciales y palmarés tiene, pensé, con argumentos de sobra.
Sin embargo, esta estadía en Chivas ha sido una pesadilla: escasos goles, desempeño bajo y, para rematar, un penalti fallado que significó la eliminación de Chivas ante Cruz Azul, un golpe que dejó fuera a Guadalajara de la semifinal.
Y no es que un penal defina una carrera, pero sí puede desnudar un momento. Y en el caso del Chicharito, lo que quedó expuesto no fue su falta de calidad, sino la fragilidad de un retorno sostenido más por la nostalgia que por la realidad futbolística.
Lo verdaderamente injusto sería reducir a Hernández a esa imagen: la del veterano que falla. Pero también sería ingenuo ignorar que el futbol, como cualquier profesión, exige una claridad –honestidad brutal— para saber cuándo retirarse.
Chicharito volvió para cerrar un círculo, para sentirse en casa y quizá para entregarle al club que lo formó una última versión de sí mismo. Pero el futbol profesional no entiende de homenajes: entiende de rendimiento.
El problema no es que falle —todos fallamos—, sino que el margen de error de una figura de su talla es microscópico en un entorno donde cualquier sombra se convierte en juicio lapidario. Hoy se le exige como si siguiera en el Manchester United, pero se le evalúa como si fuera un joven que aún puede corregir.
Y esa combinación no alude al presente: ni tiene ya el físico para rescatar partidos, ni la institución lo rodea de un entorno que amortigüe sus carencias.
A Javier no lo hunde un penal; lo hunde la expectativa desbordada, aquella que vaticinó un regreso triunfal y que no contempló la posibilidad de que el retorno fuera un capítulo final, no necesariamente digno de una carrera larga y mayoritariamente exitosa.
Quizá la reflexión más necesaria no gire en torno al penal fallado, sino a lo que viene después.
Y es que, tal vez, ha llegado el momento en que Javier Hernández, con la misma valentía con la que un día tocó puertas en Europa, empiece a preguntarse si la historia —su historia como profesional— debe continuar.