Un mundial “cacahuatero” para México
Y no es que no me gusten los cacahuates, pero, a decir verdad, si uno pudiera escoger, con seguridad, seleccionaría el primero. La variedad, la cantidad y la calidad son cosas que, aunque se quiera, no se pueden ocultar.
Es época decembrina, de posadas y demás fiestas que aluden al fin de año.
A este mes le quedan pocos días por concluir y, seguramente, por ello es que, para iniciar la columna de esta semana, pensé en una analogía que mucho tiene que ver con la partecita de Copa del Mundo que a México le corresponde.
En unos días —o quizá ya— usted, apreciable lector, acudirá a alguna posada o convivio navideño; ahí, junto a familiares, amigos o simples compañeros de trabajo repartirá buenos deseos y algunos abrazos —unos sinceros y otros no tanto—, tomará ponche caliente y muy probablemente algo más fuerte, algo para brindar por el futuro inmediato; en esa reunión, usted, como yo, como todos, recibirá un aguinaldo que, según sea el caso, será opulento y robusto o, por el contrario, modesto y magro.
Si nos va bien, esa bolsita contendrá uno o dos mazapanes, algunos huevecillos de chocolate —de esos que forrados están con un delgada pieza de papel aluminio, cuyo decorado ostenta la figura de Santa Claus—, chocolates envinados, bastones de dulce rojo y blanco, algunos dulces cremosos y demás golosinas con un elevado índice calórico.
Si mal nos va —como a México en la repartición de partidos para la Copa del Mundo de 2026, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo— nuestro aguinaldo será poco más que algunos cacahuates polvosos, huecos y, en muchos casos, con más cáscara que contenido.
Y no es que no me gusten los cacahuates, pero, a decir verdad, si uno pudiera escoger, con seguridad, seleccionaría el primero. La variedad, la cantidad y la calidad son cosas que, aunque se quiera, no se pueden ocultar.
Debo decir que la partecita de mundial que a México le correspondió —por la escasa calidad de los partidos que se disputarán en territorio nacional y por la pobre jerarquía de la mayor parte de las selecciones visitantes— es, si seguimos la analogía, un aguinaldo flaco, modesto, magro…¡un aguinaldo cacahuatero!
Exceptuando los juegos del equipo anfitrión y en especial el correspondiente a la inauguración con el choque entre México y Sudáfrica, a efectuarse el 11 de junio en el estadio Azteca, y el Uruguay contra España —un agarrón entre dos campeones del mundo—, a disputarse el 26 de junio en Guadalajara, el diminuto fragmento que a México le toca de la Copa del Mundo de la FIFA es, por decir lo menos, un aguinaldo con mucha cáscara, pero con poco contenido de valor.
Y a México, de alguna manera, le fue bien en comparación a Canadá puesto que el último país al norte del continente tiene como juego estelar el partido de Alemania contra Costa de Marfil.
Pese a todo, debo admitir también que, aunque me cueste aceptarlo, si bien prefiero un aguinaldo opulento como el primero —como la Copa del Mundo de Estados Unidos—, cierto es que recibiré con gusto el segundo, el de la bolsita colmada de polvo, cáscara y cacahuate medio rancio.
¿Quién no prefiere tener un pedacito de mundial en México a no tener algo que atestiguar de manera presencial?
En estos casos, un puñado de partidos es mejor que nada.